REVISTA SHUKRAN

jueves 24 de noviembre de 2011

EL MÓVIL

Era muy pequeña cuando hablé por primera vez por un móvil. Llegué a la casa de mi familia, mis ojos buscaron el teléfono grande como los que había visto en los locutorios de Tinduf pero no pude encontrarlo. Recuerdo que les di el papelito que guardaba en el bolsillo con el número. Estaba escrito a lápiz y ponía que, cuando llegase, llamara a mi madre que estaría esperando.
Me entendieron, mi hermana española rebuscó en su bolso y sacó lo que parecía un juguete. Marcó los números y me lo puso en la oreja.
Cuando fui capaz de chapurrear en español les pregunté cómo aquel teléfono pequeñito sin hilos ni nada podía llevar mi voz hasta el Sahara.
Carol, se rió mucho, tanto que me enfadé.
Por la tarde, en la piscina, tiró una moneda dentro del agua.
-¿Ves las ondas que hace el agua cuando la moneda cae? Pues tu voz igual, hace ondas invisibles de aire que llegan a una máquina que está arriba en el cielo. Recoge tus palabras y las lleva hasta el Sahara y más lejos si queremos, incluso hasta a América.
¡América! El lugar donde estaba Agaila, la hija de mi tía Kaltum.
Miré hacia el cielo para ver subir y bajar las palabras igual que yo subía y bajaba por el tobogán rojo del parque.
En diciembre Carol vino a mi casa de visita. Yo quería hablar con el resto de la familia con su teléfono mágico pero allí en el Sahara no se podía. ¿Por qué?
Carol me lo mostró, yo misma marqué pero el móvil estaba mudo. Pensé que tal vez la arena lo había estropeado. Mi hermana dijo que no, que eso era porque no había antenas. ¿Antenas?
Me explicó que la voz puede perderse y que se necesitaba como unas torres para recogerlas y auparlas hasta arriba de todo.
Al cabo de muchos meses vi una muy alta que relucía bajo el sol, en la cima de la güera de Guelta. Primero no acerté a adivinar qué podía ser. Después pensé que, tal vez, fuera un aparato de aquellos que empujan las palabras.
No se sabe cómo, los móviles empezaron a llegar al Mohayam, ya no hacía falta pasar horas esperando una passaja para ir a Tinduf para hablar con otras gentes que vivían lejos.
Deseaba uno para hablar con mi familia de España.
Creo que Carol me leyó el pensamiento porque en una de sus visitas me lo regaló.
Era azul y negro. Estaba lleno de música y llevaba una cámara de fotos.
Todas mis amigas me ofrecieron cambiármelo por otras cosas pero yo no quise.
Mamia, la madre de mi madre, me oyó hablar con mi familia española y me preguntó si con aquello podría comunicarse con su hija Fatma que vive en Italia y sólo puede venir una vez al año para mirarnos. Pasa con nosotros una semana y se vuelve a marchar.
-¡Pues claro, abuela!
Mi madre le marcó los números y Mamia habló tanto rato que se gastó todo el dinero de la tarjeta.
No importaba, mi padre puso más. Entonces la abuela preguntó si también podría hacer lo mismo con su hermana que estaba dentro, en el Sahara de verdad. Y mi padre le dijo que sí.
-¿Allo? ¿Eres Nashla?-  gritó mi abuela.
La abuela parloteaba, lloraba y reía. Tenía los ojos muy abiertos como si hubiera visto un milagro.
Yo protesté por lo bajo:
-Va a gastar toda la tarjeta, dile que pare ya - supliqué a mi madre.
- Déjala, cariño. Hace muchos años que no se ven. Necesitan mucho tiempo para explicarse todo.
Por la noche no podía dormir. Imaginaba la voz de la abuela y la de su hermana encerradas en un lugar oscuro cuya llave se había perdido. Y que yo la había encontrado. Primero salían las letras, una a una, tímidas y deslumbradas por la luz después de años de oscuridad. Poco a poco se juntaban para formar palabras, frases, historias y pensamientos que volaban libres como bubis hasta una torre que las empujaba hasta un trampolín cerca de la luna para, luego, deslizarse, rápidas como el viento, hasta las casas y las jaimas.

4 comentaris:

RGAlmazán 24 de noviembre de 2011 15:58  

Muy bueno, Antònia. Emotivo, real y bien escrito. Me llega lo que escribes.
Petons

Salud y República

viajera5 25 de noviembre de 2011 09:25  

Antonia,precioso....

m.eugènia creus-piqué 25 de noviembre de 2011 13:17  

Recuerdo que el primer móvil que llegó a mis manos,era enorme, no cabía en ningun lado del bolso y recuerdo tambien que me lo regaló telefónica, jajajajajja, quen diferenciA DE LOS DE AHORA.Petonets.

mariaje15 26 de noviembre de 2011 21:54  

¡Que Bueno Antonia, a mi lo que me ha hecho gracia es que se gastó la tarjeta, hubo que cargar y casi se gasta otra más...!. Lo que significa no tener comunicación con otra persona por falta de recursos y de repente ¡Voilá! el milagro del teléfono, ¡la rabia es que las Multinacionales de la Telefonia se lucren a costa de esa necesidad y encima con su lucro colaboren a vulnerar los Derechos Humanos de aquellos a los que dicen llevar "El Progreso". Allí en el Sahara lo valoraban como un milagro y aquí en España a veces te dan ganas de tirarlo lo más lejos posible...
Besos

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