REVISTA SHUKRAN

viernes 16 de julio de 2010

RELACIONES HUMANAS


Cuando los veranos son más calurosos de lo habitual suelen surgir los problemas. Tal vez el calor nos vuelva a todos más irritables o sea incompatible con la paciencia.
Hace un par de días me trajeron a casa una niña para que la riñera. Siempre he pensado que las correcciones y las reprimendas deben ser inmediatas. Si dejas transcurrir horas o días no sirven más que para desconcertar a quien las recibe.
La niña me miraba absolutamente atónita mientras yo representaba mi papel sin creérmelo demasiado. Ignoraba qué clase de comportamiento debía atajar porque no estaba presente cuando sucedió y me preguntaba cómo es posible que una persona adulta sea incapaz de convencer a un niño de que debe respetar una normas determinadas. Y a su vez los dos que están pasando el verano en nuestra casa me observaban con una curiosidad mal disimulada.
Cuando la madre acogedora y la saharauilla se fueron, la pequeña de diez años que pasa el verano con nosotros me dijo:
- No te preocupes Antonia, nosotros sabemos que si una familia se queja tu tienes que creerla y reñir a la niña. No pasa nada.
Realizó un ejercicio de empatía que me conmovió. Le di un abrazo porque por unos instantes se había puesto en mi lugar y me había entendido.
Me pregunto cómo es posible que una miniatura de 10 años puede empatizar con los sentimientos de un adulto y, en cambio, haya adultos incapaces de hacerlo con un niño.
Ayer fue un correo electrónico. No voy a reproducirlo porque no creo que valga la pena. Ni siquiera fueron capaces de dar la cara. Vivimos a un cuarto de hora escaso. Sin embargo yo no iba a conformarme con unas líneas y les llamé. La niña no tenía ninguna conciencia de haberse portado mal ni de haber acabado con la paciencia de la familia acogedora.
¿Me creeréis si os digo que se me rompió el corazón? A través del auricular la pequeña intentaba convencerme de que, por favor, no la cambiara de familia porque eran muy buenos y ella estaba muy contenta. Se puso a llorar.
Y aquí estamos intentando encontrar una nueva familia que quiera acogerla, preguntándome cómo actuar para que nadie resulte lastimado, cosa que no voy a conseguir.
La acogida de verano de un niño del desierto no es un juego ni los niños un juguete al que le das cuerda y sonríe. Hay que meditarlo, estar todos de acuerdo y no crearse falsas expectativas. Si alguien piensa que va a ser una fiesta, o que el pequeño va a estar todo el día con la palabra gracias en la boca, que va a divertirte o a suplir alguna carencia emocional, se equivoca.
Van a reír y a llorar, a pedirte, a enfurruñarse cuando se acuerden de su familia. Habrá costumbres a las que le va a costar adaptarse y habrá momentos de rebeldía o de soledad. Puede que ensucien las paredes inmaculadas de nuestras casas, el sofá o el cuarto de baño. Estas cosas pueden remediarse en pocos minutos en cambio los sentimientos rotos no pueden recomponerse.

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