EL OCÉANO
Llegó que apenas levantaba dos palmos del suelo. El único hijo varón entre cinco niñas. Sus ojos parecían granos de café recién tostado y su expresión era como displicente. De ninguna manera iba a llorar como otros niños. Viajaba con su hermana y conocía a la familia. “Nunca será la mía, en realidad es la de mi hermana mayor, pero la vida es así” y, aún siendo tan pequeño, ya intuía que los desfavorecidos no pueden escoger.
Permanecieron horas en una sala del aeropuerto por problemas en los pasaportes. Sus ojos parecía que iban a cerrarse y entonces casi al borde del sueño, se sobresaltaba. ¿Y si le olvidaban allí?
Por fin pudieron salir y por primera vez en vida contempló la ciudad bajo el sol de julio. Parecía tranquilo, solamente su pequeña mano aferrada a la de su hermana denotaba su temor.
Solo, ahora estoy solo, pensaba, Luara se había ido con su familia. Y se encontró tan indefenso y tan perdido, añorando a su padre, a las niñas y a su madre que se refugió en el sueño y a pesar de que los zapatos, casi nuevos, le molestaban y le hubiera gustado descalzarse, se rindió. A la mañana siguiente voces desconocidas le despertaron: corría por las dunas persiguiendo nubes blancas deshilachadas.
“Estuvimos todo un día cruzando España hasta la otra punta hacia donde se pone el sol”, les explicaría a sus padres, mucho después. Llegamos al mar que no era azul como la piscina, sino grisáceo, hacía mucho frío y llovía un poquito. Y ¿veis esta foto, en la orilla de esta pequeña playa rodeada de rocas? ¡Qué fría estaba el agua! Mi madre de vacaciones me dijo que aquel océano era el mismo que baña el Sáhara de verdad. Y yo quise mojar mis pies en aquel mar que también es nuestro.
Su padre mira la foto, sonríe, y al mismo tiempo siente celos de aquella mujer extranjera que estaba al lado de su hijo, tenía que haber estado conmigo, piensa. Recuerda el sabor, el olor, el rumor de las olas que un día cambió por este mar de arena en busca de la Libertad perdida y una expresión de añoranza infinita aparece en su rostro curtido por el sol.
Dedicado a Abdu, mi hijo saharaui que ahora ya es un hombre, y a todos los niños que llegan a España por primera vez. Ojalá no tuvieran que volver nunca más.









4 comentaris:
¡Otro excelente relato! Precioso. Qué sensibilidad tienes para plasmarlos en tus posts y en "Shukran". ¡Tienes que publicar un libro! Besotes, M.
Una historia no se si veritabla, pero que té regust de anyorances i melangíes. Molt dolça i enternidora.Que tinguis un bon capde.
Merche, maitia, eres un encanto. Abdu ha crecido mucho, hoy mismo estábamos mirando fotos con Lekbir y casi me echo a llorar. ¡Brillaban tanto sus ojos!
Un abrazo fuerte.
Moltes gràcies Montse, la veritat és que els meus capsde des de fa un temps són de feina. Tenim un avi gran depenent i el seu àngel de la guarda té festa els dissabtes i els diumenges.
Si que és una història verídica. El protagonista es diu Abdu i el segon any que va venir vam anar a Galícia. Allí va voler-se mullar els peus al Oceà perquè era el mateix mar del seu Sàhara de debó. I jo vaig acompanyar-lo en aquell viatge tan curt i, a la vegada, tan llarg que ja fa 35 anys que dura.
No sé si el seu pare va sentir gelosia, però si jo hagués estat en el seu lloc l'hauria sentida. És molt injust que no siguin els pares els que els hi mostrin el mar per primera vegada i més si pensem que el Sàhara Occidental té més de 2000 Km de costa.
Un bon cap de setmana per a tu també.
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