ALGÚN DÍA...
La mujer de la melfa blanca está sentada en el suelo cerca de la puerta azulona de la casita de adobe. Se ha levantado muy temprano. Ha preparado el desayuno para los niños y les ha mandado a la escuela. La madre refunfuña porque quiere su té pero ella no la escucha. Está muy lejos de su hogar, tan lejos como cuando tenía 8 años y se marchó de vacaciones por dos meses tan largos que le parecieron dos años. Sonríe pensando en el miedo que tenía de no volver nunca más a su casa. Echaba de menos a su madre y a dadda. Si al menos hubiera podido estar con su hermana…
Y ahora, sonríe, daría lo que fuera por salir de aquí y escapar a mi destino. Quiero que los niños estudien, quiero que tengan todo lo que yo no tuve. Juguetes, libros, ropa bonita, comida suficiente, fresco en verano, calor en invierno… Aquí la vida es demasiado dura para todos. Los niños están contentos porque no saben, porque no han visto nada más. Cuando crecen, la resignación les enturbia la mirada y les congela la sonrisa. Es la arena que estropea los motores, la que se cuela por las rendijas del alma y hace que se paren los relojes de las ilusiones. Cuando estoy contenta pienso en el verde de la hierba que crece después de la lluvia, cuando estoy triste pienso en el ocre de esta arena que mata lentamente. Sin embargo el desierto es muy hermoso.
Recuerda la terraza repleta de flores. ¿De dónde salen? le preguntó a su familia. Cuando la madre le enseñó aquellas semillas pequeñísimas no podía creerlo. Le pareció como un pequeño milagro.
La joven mujer se levanta, la melfa blanca al viento, la mirada en el horizonte azul. Algún día, suspira, algún día…









6 comentaris:
Lo terrible es que nada tiene que ver cuando vienen aquí acogidos porque son niños a pasar unas vacaciones o una temporada y cuando vienen de mayores, a los que se considera poco menos que delincuentes. El Dorado no existe si el corazón está helado.
Un besazo, querida Antonia.
Antònia
Hace ahora casi un año, publiqué una poesía con el mismo título de tu post. Permíteme que la incluya como comentario.
Algún día
caminaré muy despacio
por alguna de las playas del Sáhara.
Me acordaré
de saborear la brisa;
y tal vez, escriba algo en la arena.
Lo haré…
… sin miedo,
sin tener que mirar a mi espalda.
Y esperaré
hasta que el mar
borre mi mensaje.
Luego,
charlaré con algunos amigos.
Brindaré
con el vino más rojo;
y preguntaré
por el camino a Smara.
Caminaré muy despacio;
junto a Bassiri,
junto al padre de Agaila,
y junto a tantos otros.
Tal vez,
en ese momento,
tendré el valor de ponerme
mi viejo elzam.
Espero ese día,
y espero
que no sea
demasiado tarde.
.
.
.
Un fuerte abrazote solidario y muchas gracias, shukran, por la hospitalidad de tu blog.
ES UNA PENA...PERO ALGÚN DÍA CONSEGUIRÁN SUS DESEOS... ESO SEGURO.
un abrazo
Isabel, es cierto cuando son pequeños todo el mundo los recibe pero en cuanto crecen se rompe la magia por múltiples razones.
Un beso fuerte.
Me acuerdo de este bello poema. Comparto estos deseos y sí, llegará el día en que brindaremos en las playas del Aaiún o de Dahjla.
A mi si me lo permites con vino blanco, cava o champaña francés pero eso da lo mismo.
Lo importante será el brindis.
¡Por la Libertad!
Tucci, y que no esté lejano el día o de lo contrario algunos arrojarán la toalla.
Un abrazo.
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