martes 21 de julio de 2009

CARTA


Querida amiga, aquel día hacía mucho calor. El sol caía inmisericorde sobre la blanca ciudad que estaba desierta y dormida. De pronto un estruendo terrible perforó el silencio, temblaron los cristales, tintinearon los vasos de la bandeja, la amracha cayó al suelo sobre la mullida alfombra roja. Después, unos instantes de calma seguidos de voces alarmadas y de ruidos de puertas y ventanas que se abrían. ¿Qué ocurre, por Dios, qué pasa?
Mis niños despertaron llorando, mi marido se puso en pie de un salto, los sentidos alerta. Yo me quedé inmóvil sin saber qué hacer.
Cuando salimos a la calle vimos la columna de humo y de polvo. Se oían voces hechas de lamentos y lágrimas.
El miedo dispara el corazón y hace temblar las piernas. No quería, no podía creerlo, la razón negaba la evidencia. Sabía que algo terrible había pasado y que nada volvería a ser igual.
Tu también estabas fuera y tus ojos claros nos miraban asustados y furiosos. Corrimos hacia el humo. Aquel padre estaba con la manos extendidas que se llevaba a la cabeza, la madre estaba en el suelo gritando y maldiciendo. Ambos eran la viva imagen de la desesperación.
Jirones de humo negro subían hasta el cielo que ya no era azul sino negro y rojo. Me detuve cerca de un hierro humeante que había volado unos metros.
La policía nos impidió acercarnos y pronto, llegó una ambulancia. Subieron dos bultos diminutos tapados con un lienzo blanco que se tiño de flores rojas de sangre inocente.
Unas manos criminales habían lanzado una granada sobre un coche en el que jugaban dos niños que no tenían sueño ni calor.
Volvimos sobre nuestros pasos a la espera de noticias. Tu no pronunciaste ni una sola palabra. Caminabas a paso lento y fatigado como una vieja, igual que todos.
Los rumores corrieron veloces como el siroco. Uno de los niños estaba muerto y el otro malherido. Entre los restos de aquel artefacto habían encontrado lo que parecía una bandera de la revolución. Tu me lo dijiste con expresión acusadora y yo te respondí que tal vez, pero que ninguno de nosotros había hecho aquella barbaridad. Tu lo sabes, nosotros queremos y protegemos a los niños. Nadie castigaría a un hijo por los errores de su padre. No, las manos que habían causado muerte y destrucción no podían ser saharauis.
Aquel día de verano se abrió un abismo insondable entre nosotras. Tu querías proteger a tus niñas y yo quería proteger a mi familia. Nuestros pensamientos convergían en un punto: nuestra blanca ciudad perfumada de brisa marina no era un lugar seguro.
Ambas éramos madres y pensábamos que no podríamos soportar una cosa así. “Me volvería loca de dolor”.
Aquel artefacto se llevó algo más que la vida de un niño.
Y, sin embargo, lo que Al-lá nos envía debemos sobrellevarlo. No queda otro remedio.
Te fuiste del Sahara pero no pudiste salvar a tu esposo que se quedó aquí para siempre. Nosotros nos refugiamos en lo más profundo del desierto aunque eso tampoco salvó a mis hijos ni a Brahim.
En el mes uno hay mucho frío en la Hamada y más si no tienes mantas ni haimas para resguardarte. Las enfermedades se cebaron en los más débiles y aquel viento rojo de guerra y violencia también se los llevó.
En el día de hoy, 34 años después, sigo viviendo, no sé por qué, y escribo estas palabras que, espero puedas leer un día no muy lejano.
Querida amiga, hoy es el día en que sigo afirmando lo mismo: no fuimos nosotros.
Aún puedo oír el tenue crujido de nuestra amistad resquebrajándose como un delicado cristal. Todavía puedo ver los fragmentos de la confianza hecha añicos que brillan sobre la arena.
Nos tocó vivir en un tiempo difícil, lleno de violencia, de injusticia y de traiciones. Nos dispersamos como granos de arena que arremolina el viento cálido para luego reencontrarnos en un lugar terrible donde nada importa y en el que no hay pasado ni futuro.
La memoria de los hombres prefiere guardar instantes agradables, momentos de risas, palabras dulces. Pero hoy miro hacia atrás y rememoro aquel día aciago en el que tu pensaste en regresar y en el que yo pensé, por primera vez, en huir.
Una vez desatados, los pensamientos galopan y te empujan, aunque no quieras, hacia un destino que ya estaba escrito desde el principio de nuestras vidas.

9 comentaris:

Merche Pallarés 21 de julio de 2009 14:02  

Antonieta, vendré con más calma a leer tu relato, ahora el sueño de la siesta me está venciendo... Muchos besotes, M.

Anónimo 21 de julio de 2009 15:12  

¿El libro? besos conx

Francisco O. Campillo 21 de julio de 2009 16:48  

Aquella ciudad que en aquel tiempo fue blanca, hoy parece que es roja. Algunas veces, los colores nos envían mensajes para quien sabe leer en ellos.
Un abrazote.

Selma 21 de julio de 2009 18:03  

Desgarrador tu relato , Antònia.. Pueden pasar los días, los años.. pero hay cosas, visiones..que no se borran de nustra memoria, de nuestros corazones mientras vivamos..
Besos, muchos, cariñosos.. y ya sabes..

Merche Pallarés 22 de julio de 2009 06:03  

He vuelto y lo he leido... ¡MUY FUERTE! Qué pena de gente lo que han tenido que sufrir y lo que siguen sufriendo... Besotes, M.

Antònia P. 22 de julio de 2009 09:44  

Merche, espero que hayas tenido una buena siesta.
Vivir en tiempos revueltos es difícil. Tu lo expones muy bien en el extracto del libro de tu tía.
Este relato está basado en un suceso real.
Un beso

Antònia P. 22 de julio de 2009 09:45  

Conxi, pues sí. Un fragmento.
En 1975, el Aaiún fue una ciudad muy convulsa.
Un beso.

Antònia P. 22 de julio de 2009 09:46  

Fran, roja como las banderas rojas de los ocupantes. Esperemos que vuelva a recuperar su color genuino. Ojalá.
Un abrazo.

Antònia P. 22 de julio de 2009 09:49  

Selma, el terrorismo es una lacra que azota a gente inocente y en este caso fueron dos niños. Estas acciones violentas siempre son terribles. A veces producto de la desesperación y el fanatismo, otras, como en este caso, para desacreditar a una formación que luchaba por la libertad.
Un beso fuerte.

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